Visto desde el valle, Alicún presenta uno de los perfiles más curiosos de los pueblos de AlmerÃa: asemeja en sà mismo un vergel y, si lo imagináramos uniformemente pintado de algún color chillón, incluso una flor. En Alicún, en efecto, huerta y pueblo parecen desde algunos ángulos ser exactamente lo mismo.
No podÃa no ser asà en un pueblo que posee el bien más preciado de las culturas del Sur, el agua que mana de una fuente termal que fue ya utilizada en época romana y que marcó, como no podÃa ser de otra manera, la Alicún musulmana. Estos llamados "baños huecijanos" son el eje de la historia del pueblo, primero termas romanas, luego hamman árabe y siempre demostración palpable de que la sierra obsequiaba al hombre con lo más necesario para construir su vida.
Considerada durante la Edad Media un barrio de Huécija, Alicún, que alcanzó su entidad propia como pueblo en el siglo XVI, vivió, como el resto de la comarca, la prosperidad agrÃcola de Al Andalus, la crisis posterior a la expulsión de los moriscos y el auge del parral, ahora en vÃas de sustitución. Los cÃtricos, otros frutales y los productos hortÃcolas alcanzan ya la mitad de la producción agrÃcola de un pueblo en transformación que, sin embargo, mantiene una marcada estructura árabe desde su misma ubicación, en la ladera de la sierra y con una perfecta visón de los valles que se encuentran justo enfrente, los del Andarax y el Nacimiento, como si, además de un vergel, fuera una torre vigÃa.