Siempre se ha dicho de Bédar que era "la Mojácar del interior", y algo de eso se advierte cuando se ve el pueblo recortado bajo la Loma, en las últimas estribaciones de la Sierra de los Filabres, también nombrada en la zona Sierra de Bédar, cuando se gira a su alrededor o cuando se pasea por sus pequeñas calles, retorcidas y angulosas. Por algo fue Bédar el destino preferido de buena parte de los primeros extranjeros que se habÃan establecido en Mojácar cuando, a partir de los últimos setenta, el crecimiento de las urbanizaciones y el incremento del turismo les hicieron buscar una alternativa próxima y más tranquila, más en consonancia con la vida de calma que habÃan buscado en la costa de AlmerÃa.
Bédar tiene la doble e inconfundible marca del pasado musulmán y del pasado minero, lo que significa una historia de auges y depresiones, como sucede con buen parte de nuestra provincia. Perteneciente a la Tierra de Vera a principios del siglo XVI, tras el triunfo definitivo de la Reconquista, el actual término municipal englobaba tres asentamientos de importancia en época árabe, Bédar, Serena y BedarÃn.
Serena, metida en un recodo de la sierra que impresiona por su verdor, quedó despoblada tras la expulsión de los moriscos y se reconstruirÃa ya sólo como pedanÃa de Bédar y BedarÃn se quedó en poco más que su fuente. Sin embargo, Bédar fue remontando su propia historia y adquirió un nuevo auge con el esplendor minero de finales del pasado siglo, cuando las minas de plomo de El Pinar llevaron al pueblo sus más importantes rasgos de modernidad, cuyos vestigios aún pueden contemplarse. En 1888 Bédar contó con el primer cable aéreo de la provincia, que unÃa El Pinar con la fundición de Garrucha y que, con sus 15.6 km, era entonces el más largo de Europa. Impulsado por una máquina a vapor, tuvo doce años más tarde su continuación en el ferrocarril de vÃa estrecha, también hasta Garrucha.
Pero la crisis que siguió a la Primera Guerra Mundial acabó con esa modernidad y su consabido desarrollo y el intento de explotación de las minas de hierro no se consolidó y para los años cincuenta eran cerradas, dejando al pueblo con dos únicos activos, una agricultura apenas suficiente y su enorme belleza natural, y en ella, para empezar, las terrazas escalonadas, vestigio de los árabes, en las que se trabajaba la tierra.
Y sobre esta belleza natural y arquitectónica está construyendo Bédar su futuro. Ellas atrajeron a quienes buscaban una "segunda Mojácar" y ellas siguen atrayendo al viajero y al turista.