Sagrada o no, probablemente maga, sà hay sin embargo algo evidente, que Mojácar la fronteriza ha ejercido siempre su influencia al visitante, tal vez porque haya sabido también recoger influencias de ese visitante, porque haya sabido ser tierra de diálogo: diálogo entre las dos Españas romanas, la Bética y la Tarraconense, como corresponde a su frontera entre el Sur y el Levante, diálogo entre la España musulmana y la cristiana, diálogo hoy entre los mojaqueros de siempre y una extensa colonia europea que están protagonizando, conjuntamente, el salto histórico de modernización al que asiste toda esta tierra de la que Mojácar fue avanzadilla.
Y toda tierra de diálogo es también tierra para el diálogo. El influjo de Mojácar la maga llegó hasta a dar colorido a la España gris de la dictadura, cuando artistas con alma de ocurrentes como Perceval, escritores con alma de aventurero como Rafael Lorente o un alcalde con alma de alcalde (algo entonces difÃcil de encontrar) como Jacinto Alarcón reinventaron la Mojácar de siempre (la que habÃa sido reconstruÃda en el paraje actual) a través de un nuevo diálogo con todo el que llegaba, daba igual si un periodista madrileño o el fugitivo cerebro del célebre asalto al tren de Glasgow.
Mojácar fue perdiendo su sencilla y terrosa ancianidad para diseñar un lugar que ha sabido convertirse en un importante polo de atracción turÃstica sin haber traicionado lo esencial de su espÃritu de siempre. Ha sabido incluso bajar hasta el mar y crear una más que aceptable primera lÃnea de playa de las que no tapan los montes de .
Mojácar llega ya hasta Garrucha por un lado y hasta Macenas por el otro, en la ruta, por cierto, de una de las carreteras más impresionantes de la costa española, la que la une con Carboneras.
Y porque Mojácar sigue a simple vista impregnada de su caracterÃstica de siempre, el diálogo. En verano, en las discotecas al aire libre de la playa no se advierten las caras de turismo masificado que tanto abundan en nuestras costas y siempre saltan rasgos de la excentricidad que aportan un colorido distinto. Y en los pubs del núcleo urbano se advierten ecos britanizantes de su diálogo más reciente, unos ecos que imponen aún más su peso en la Mojácar más tranquila del invierno, cuando el tiempo corre casi tan despacio como siempre y, por ejemplo, se puede asistir en la mañana de los domingos a un curioso rastrillo de todo tipo de objetos que tiene, en el fondo, más de tertulia y contacto humano que de compra y venta.
Mojácar cuenta con más de 16 kilómetros de costa muy variada. Desde la playa de la Marina de la Torre, que va a contar con una impresionante urbanización, hasta la Punta del Santo, arenas, rocas, lagunas, vegetación lacustre y calas se alternan para favorecer muy diferentes tipos de relación con el mar, desde la pesca al baño familiar, desde el baño animado por los chiringuitos al nudista. La parte menos conocida de esta larga franja de costa, las que se sitúan ya en las entrañas de Sierra Cabrera, son especialmente espectaculares, y en medio de las cuales encontramos dos interesantes edificaciones defensivas, la Torre del Peñón y el Castillo de Macenas.
La Fuente Mora de doce caños, antes de entrar al núcleo urbano, la maciza Iglesia de la Encarnación, iniciada mediado el siglo XVI, el aljibe del antiguo castillo nazarÃ, el Arco de Luciana y la Puerta de la Ciudad (que lleva a unos de los rincones más bellos del pueblo) merecen una mirada más atenta, aunque en Mojácar es difÃcil aconsejar al viajero dónde pararse, porque es una ciudad de rincones y los rincones, ya se sabe, establecen con facilidad su propio diálogo con el paseante. No hay pues, en el caso de Mojácar, más que un posible consejo al visitante: "Piérdase por sus calles, que siempre habrá algo que le hará pararse a contemplarlo".