11 de septiembre de 2010
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LOS PUEBLOS DE ALMERÍA
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Chercos

Bordeando el río de Líjar sobre la cortada impresionante llama poderosamente la atención un pueblo medio blanco medio de piedra que cuelga al otro lado del río. Es Chercos, el viejo Chercos que, como las chumbreas que lo flanquean, se antoja a duras penas agarrado al monte que desciende a pico. La visión lo dice todo y al viajero se le hace irresistible alcanzarlo, por difícil que se antoje, y que de hecho lo sea.

Llegar a Chercos viejo no es fácil, en efecto, pero merece la pena moverse por laberinto despeñado de callejas que bajan casi hasta el río, descender por un empedrado vertiginoso que asusta a la vuelta de más de una de sus esquinas, esperar entre sus casas fantasmagóricas y sobre el ruido del agua a que la oscuridad caiga a pico recordándonos que la luz tiene fin hasta en la tierra más luminosa.

Chercos viejo es una cascada no sólo de callejuelas y casas, no sólo de piedras unas blanqueadas y otras ennegrecidas de tiempo, sino una cascada, ante todo, de sentidos y sentimientos: la luz y la oscuridad, el rumor del campo y su silencio, el peso del tiempo, la sensación de libertad que da sentirse precisamente aislado de ese tiempo.

Chercos viejo es un salto al ayer, con todo lo que ello implica para el visitante, y es, por lo tanto, referencia inexcusable de la sierra, uno de sus lugares con mayor personalidad, tanta como las pinturas rupestres de la Piedra Labrá en medio del infernal camino de acceso (un altar que representa escenas de la vida cotidiana) o como el pequeño puente romano que hay justo a la entrada del pueblo, en medio de alguna antigua calzada que remontaba la sierra.

No se conoce a fondo Almería mientras no se conoce Chercos viejo anclado en el tiempo y mientras no se va de él al nuevo, el antiguo paraje de Las Huertas hoy crecido y conocido como Chercos Nuevo, y se advierte que el tiempo hasta por aquí ha pasado con toda su intensidad y va dejando el poso del progreso, como si Chercos (los dos: el Viejo y el Nuevo) quisiera ser una gran metáfora, una muy bella metáfora, de una provincia en la que empieza a haber casi de todo pero en la que se está conservando casi todo.

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