19 de mayo de 2012
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LOS PUEBLOS DE ALMERÍA
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Almería

En busca del tiempo perdido
El cronista José Angel Tapia Garrido califica Almería (palabra, por cierto, que procede del topónimo árabe Al-Mariya, que significa torre vigía o atalaya, y no del nombre propio María) como una «ciudad itinerante», y resume así su prehistoria y sus primeros pasos en Almería, piedra a piedra: «Almería es una ciudad itinerante. Los caminos la hicieron y la aislaron. Desde el principio dos senderos bajaban paralelos bordeando el río desde Los Millares neolíticos y desde la Urci ibérica. En la línea Mamí-Molinos uno se alargó a levante hasta Cabo de Gata, comunicando los poblados del Alquián, el otro se orientó a poniente y llegó hasta la Chanca. Este prosperó. Junto al fondeadero de San Roque comenzó a formar un poblado, que pronto subió rambla de la Chanca arriba hasta la Hoya, trepó al cerro de San Cristóbal, y se asomó a la Fuentecica y al barranco de las Bolas. Lo demás vino paso a paso, pateando el camino de Pechina y rodeándolo de casas. El crecimiento se realizó durante siglos a saltos de canguro, de rambla a rambla. De la rambla de la Chanca a la de Gorman, actual calle de la Reina, de ésta a la rambla que recoge los derrámenes del Cerro de San Cristóbal, actual Calle Real, de ésta a las ramblas de Alfareros y Obispo Orberá, de aquí al Río Almería, un poco más revuelto y enmarañado en el desarrollo, que el Ayuntamiento se esfuerza de meter en molde.

Primeros pasos de una ciudad
Los escritores árabes y los rastros arqueológicos abonan que eran tres los barrios que formaban el arrabal de la Atalaya de Pechina. El de la Chanca, el de la Hoya y el del cerro de San Cristóbal. El de la Chanca se extendía, como ahora, desde la orilla de la mar hasta el barranco del Caballar y agrupaba a los pescadores marinos y mercaderes del Fondeadero de Poniente. En torno a este barrio, que después tomó el nombre de Arrabal del Aljibe, los judíos situaron el suyo por el Llano de Cordoneros y los cristianos agruparon sus casas entre el Cerrillo del Hambre y las canteras al amparo de la Qunaysa o pequeña iglesia cristiana, que dio nombre al cerro.

Buscando mayor seguridad, las casas subieron a la Hoya, se cobijaron entre los dos cerros, el de la Alcazaba y el de San Cristóbal, y formaron el barrio del barranco de la Puerta de Musa, nombre que debe a la puerta que se abría en la muralla, que lo defendía por levante, de la que quedan rastros en la somera loma de escombros, que cierra la Hoya Vieja.»

Es de justicia empezar a pasear por el poniente de la ciudad, por la cascada blanca salpicada de muchos puntos de vivos colores que es La Chanca. Ese es el embrión de Almería y el barrio que más pervivencias tiene de todas las etapas de nuestra historia, desde la más alejada en el tiempo hasta la más rabiosamente actual. Comprimida a sus pies y enmarcada en las alturas de sus cerros por las nuevas redes de comunicación, la Chanca es un barrio milenario que hoy, tras haberse cegado las cuevas más encaramadas al cerro, ha perdido buena parte del phpecto de «pirámide» que, según José Miguel Naveros en Almería en mi tinta, tenía, aunque conserva lo esencial de su phpecto trepador. Desde «el hacho de la Alcazaba», Juan Goytisolo la vio así en el libro-documento La Chanca, probablemente la obra literaria de mayor valor que se ha escrito sobre nuestra ciudad: «El barrio de La Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojado allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras. Diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclos. Alrededor de La Chanca, los alberos se extienden lo mismo que un mar; las ondulaciones rocosas de la paramera descabezan en los estribos de la Sierra de Gádor. El descubrimiento abarca una amplia panorámica y el observador se siente un poco como el Diablo Cojuelo. Los habitantes del suburbio prosiguen su vida aperreada sin preocuparse de si los miran desde arriba.»

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