06 de enero de 2009
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LOS PUEBLOS DE ALMERÍA
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Almería

Cuando llega el Plan General de 1973 es tarde. Son demasiados años de una actividad febril, de unas prisas por «rematar» el proceso que acaba por dejar la ciudad irreconocible. Del casco histórico quedan apenas vivos unos cuantos ejemplos de manzanas donde el parcelario se mantiene, de modo que apenas se identifican las características tradicionales de la arquitectura autóctona, y casi desaparecen del paisaje urbano desde los patios de luces hasta las araucarias y las jacarandas de gran porte que daban sombra a los patios de manzana de la Almería de siempre.

Todo ello presidido por una ínfima calidad de la edificación, que anuncia una ruina generalizada a pocos años vista, y una infraestructura a todas luces insuficiente, por no decir inexistente, capítulo en el que sólo se salva la ejecución de la red de saneamiento. No así el dimensionado de las calles, la capacidad de aparcamiento, la modernización y adecuación de las redes de electricidad y agua potable, el arbolado y, en general, la creación y tratamiento de espacios libres, y todos aquellos complementos que hacen grata la vida en cualquier ciudad.

Vemos, pues, cómo en sólo una veintena de años la ciudad ha crecido desmesuradamente, ha mutilado su patrimonio y su casco histórico, ha desfigurado su fisonomía y ha convertido en delirante un conjunto que, sobre todo, ofrecía la paz y la armonía deseables para una cierta calidad de vida. En otras palabras, no se habían resuelto apenas las carencias y, en cambio, se habían añadido numerosos problemas».

Cualquier almeriense de más de 40 años puede avalar la tesis del arquitecto Jaramillo. Almería era hasta mediados los sesenta exactamente como Gerald Brenan describe la de 1920 en Al sur de Granada: «Almería es como un cubo de cal arrojado al pie de una desnuda montaña gris. (...) El castillo árabe y sus fortificaciones exteriores se yerguen sobre una piedra desnuda que domina la ciudad, como si fuera un guardián que la defendiera del desierto. En este país el enemigo es la sequía, no el hombre. Debajo del castillo se alzan la catedral y la plaza con los soportales, con que los conquistadores cristianos buscaban restaurar las glorias del pasado, y en torno a éstos las estrechas callejuelas que todavía siguen el trazado del barrio árabe. Pero el carácter oriental del lugar es más reciente y lo dan las calles de casas azules y blancas con tejados planos, construidas el siglo pasado. La principal entre ellas es el Paseo, un bulevar amplio que baja lentamente hacia el mar entre los árboles de hojas oscuras y brillantes. En él están las tiendas y cafés principales. Una calle inquietante, una calle cargada, como todo en esta ciudad, de sugerencias peculiares, aunque para el observador superficial tenga simplemente un phpecto decimonónico y provinciano.» O como la recuerda Alberti en La arboleda perdida: «Almería me gustó. Era como una avanzada de Africa. Cuando de noche soplaba "el terral", un viento ardiente del desierto, amanecían los zaguanes inundados de arena. El sol de primavera calentaba como si fuese de verano. Un mar tibio y azul me permitía bañar casi todos los días. En la playa o entre las palmeras del parque, comencé las canciones destinadas a la última parte de El alba del alhelí. Una linda muchacha filipina era mi amiga. Sus padres la habían dejado un tiempo con mi hermana al trasladarse a Madrid. Con ella recorría las azoteas, escuchando, como en el Puerto, las conversaciones de las cocinas por la ancha boca de las chimeneas. ¡Qué hermoso era, luego de anochecido, permanecer juntos por aquellos terrados, viendo encenderse las luces de los barcos, dibujarse en el cielo las constelaciones! Y sucedió lo que tenía que suceder: nos enamoramos.»

No es fácil ya en la Almería interrumpida por medianerías buscar el amor por los terrados, como Alberti en 1926 o como los gatos a lo largo de los siglos, ni tener la oportunidad de ver desde ellos dibujarse las constelaciones o, sobre todo, encenderse las luces de los barcos, igual que no es fácil encontrar la ciudad «placentera en la que podía cortarse el escaso tráfico de la calle de Gerona para tranquilidad póstuma de alguien que estaba agonizando», que recuerda el periodista Rafael Martínez Durbán de su infancia (años 50) o los «duelos con sillas a la puerta» de hasta hace relativamente poco, que describe muy gráficamente el fotógrafo Manuel Falces.

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