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Una ciudad construida en oleadas
Los almerienses han construido su ciudad en cuatro grandes oleadas y siempre de poniente a levante: la árabe, a lado y lado de la Alcazaba y a las faldas del cerro seco; la cristiana, sobre los escombros del terremoto de 1522 y hasta el actual Paseo; la burguesa, con el ensanche de finales del siglo XIX y principios del XX, que moderniza la ciudad y alcanza la Rambla; y la desarrollista, que rompe en los años sesenta de este siglo la fisonomía de Almería y la extiende al otro lado de la Rambla, hacia el río.
El arquitecto Angel Jaramillo describe así, en el libro Almería, la historia urbanística de la ciudad: «Durante siglos, los almerienses que nos han precedido han buscado las mejores orientaciones para ubicar las edificaciones, han aprovechado con sensatez los materiales de que han dispuesto y han ido ampliando el suelo urbano según las directrices que la orografía y la línea del mar marcaban. Y cuando llega el momento de transformar la imagen de las ciudades con el empleo de los medios que proporciona la revolución industrial, Almería no pierde su oportunidad histórica, y en el plazo de tres o cuatro décadas, a caballo entre el siglo pasado y éste, se convierte en una ciudad moderna.
Modesta, debido a su condición de mediana capital de provincia, pero en la línea de lo que podía esperarse de tal circunstancia: un ensanche con un claro trazado viario, incluyendo una avenida principal -el Paseo- con una clara vocación de centro urbano moderno; un magnífico puerto, con suficiente amplitud en su conexión con la trama urbana inmediata; una solución de la fachada al mar bellamente resuelta con un espacio lineal de ocio -el Parque-; una arquitectura digna, tanto por su escala como por su diseño y la calidad de sus materiales; un respeto total al legado monumental -escaso, pero de gran interés- y al casco histórico y, por último, una solución al problema del transporte totalmente acorde con los dos medios modernos del mismo: el ferrocarril y la navegación a vapor. En este sentido, no sólo se resuelve funcionalmente el eje ferroviario paralelo a la costa, hasta el puerto, sino que se incorporan dos elementos singulares de gran calidad: la estación de ferrocarril y el cargadero de mineral.
(...) Así entramos en la segunda mitad de este siglo. Y tan pronto como la economía almeriense comienza a reactivarse, se observan los primeros síntomas de especulación, que desembocan en los años sesenta, en pleno desarrollismo, en una actividad edificatoria compulsiva, totalmente injustificable. La iniciativa privada y el Ayuntamiento pierden los papeles, se vulnera el Plan Prieto, doblando sistemáticamente las alturas permitidas en cada zona -en el centro pasan a ser diez plantas más un posible juego de áticos retranqueados que no se acaban mientras queda fondo al solar-, y comienza el juego de transformación de una ciudad apacible en un enloquecido ámbito urbano en el que el «chabolismo vertical», las medianerías incontroladas y las fachadas disparatadas y sin ninguna calidad se adueñan del espacio público. Se renuncia a la lúdica fachada costera, «hormigonándose» literalmente las playas hasta el final del Zapillo.
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