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Las ciudades costeras se abordan desde el mar. Sus fachadas son, a la vez, plano que orienta al viajero y perfil que le muestra la línea del tiempo, los dos impactos visuales de cuya coincidencia sale su definición, el teorema al que, al final, puede reducirse toda obra humana que se precie.
Primero fue el curvazo que va de la montaña pelada hasta el terruño de aluvión que entra al mar jalonado de cañaverales y matos. Después fue un barrio bajando los dos pliegues, o barrancos, de la montaña, y una maciza fortaleza, eficaz y austera, a cuyo pie la ciudad ralentiza el paso de la historia, pese al salto evidente que añaden los campanarios del color de la tierra.
El tiempo se advierte detenido hasta un segundo golpe visual, el Puerto, dos embarcaderos de metal, edificaciones urbanas sueltas, islotes en primera línea de playa, el encuadre mismo de la ciudad, que tocan ya a las puertas de nuestro siglo y vuelven a indicar un ritmo tranquilo y suave. Y, por fin, un caos urbanístico que une la montaña y el delta de aquella primera abstracción en la línea real de la ciudad actual y que esconde casi todo su interior indicando un apresurado enganche de Almería a la contemporaneidad, cuyo punto final son, por ahora, una estrecha torre metida en el mar y el dibujo de una autopista con viaductos a pico recortada en la montaña que abraza la ciudad original.
La primera impresión para el viajero que llega por mar es nítida y clara: Almería creció a saltos. Y no menos nítida y clara es la inmediata conclusión: su último e impresionante estiramiento ha sido demasiado incontrolado y nervioso. ¿Es una impresión correcta?
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